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Avatar de Carlos Gonzalez

Excelente reflexión, sin duda me acuerdo mucho de la época oscura: Rosinei, Argüello, Torito Silva, More Mosqueda, Woody Sánchez, los ponían donde fuera, no había orden táctico. El problema es que se compra una promesa a sobreprecio, como es el caso del Chiquitito, Alexis Gutiérrez e Isaías Violante, pero resulta que ya cuando están aquí en América no tienen la mentalidad, el carácter ni la consistencia para triunfar. Ojalá que la política de fichajes cambie (ya se ven avances) y creo que valdría la pena volver a los orígenes que era cuando se traía sudamericanos baratos y que podrán romperla Y por qué no, venderlos aquí en México, a la MLS o a Europa

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No hace falta decir demasiado: las contrataciones no ilusionan. Más bien parecen movimientos de emergencia para contener el ruido externo y calmar a una afición cada vez más incrédula. Se tomó lo que había, cuando ya no quedaba tiempo para construir algo serio. Y eso se nota: no hay funcionamiento, no hay automatismos, no hay identidad clara en la cancha.

En la delantera nadie —absolutamente nadie— saca el pecho por el Club América. La media cancha, lejos de ser un motor, parece una enredadera sin dirección: se pierde la segunda pelota, se llega tarde a las coberturas y se crea poco. El equipo se parte en dos con una facilidad alarmante. No hay bloques compactos ni en medio campo ni en tres cuartos; hay espacios largos, decisiones lentas y una sensación constante de improvisación.

Se habla de Concachampions como tabla de salvación, pero ni ahí el equipo transmite certeza. Se juega más por inercia que por convicción, esperando que algún talento individual resuelva lo que el sistema ya no sostiene. Y ahí aparece la comparación incómoda: este América recuerda demasiado al del “Piojo” Herrera, donde se competía más por ímpetu que por estructura. La diferencia es que hoy ni el talento ni la intensidad alcanzan para maquillar las carencias.

Lo verdaderamente preocupante es que esto ya no parece una mala racha. Es desgaste de ciclo. El estilo se volvió predecible, pesado, incapaz de evolucionar cuando los rivales ya entendieron cómo neutralizarlo. Y cuando un proyecto deja de crecer, empieza inevitablemente a encogerse.

Ahí radica la crítica más dura: el equipo que alguna vez dominó desde la posesión y el orden hoy vive atrapado entre dudas tácticas y decisiones tardías desde el banquillo.

Hablar de cambios profundos ya no debería ser incómodo.

Este declive amenaza con cerrar el curso del técnico más exitoso en la historia del club, no por falta de títulos, sino por la incapacidad de reinventarse a tiempo. Los grandes ciclos no suelen romperse con estruendo; se desgastan lentamente, hasta que un día dejan de sostenerse.

Dije que la primavera se acercaba, pero hoy la duda regresa más fuerte que nunca. No por la derrota ni por el rival, sino por la forma: por momentos el equipo ni siquiera parecía capaz de reaccionar. Eso ya no es sólo futbolístico; es institucional, es emocional, es un problema de identidad.

Por más que intentemos dibujarnos una realidad distinta.

El invierno sigue ahí caraj@!

Y la esperanza, cada vez más distante, ya no pide discursos ni fichajes de último minuto.

Pide autocrítica real, decisiones valientes y un nuevo comienzo antes de que el ciclo termine por consumirse solo.

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Muy cierto. Además un grave problema es que no hay goleadores en el equipo que puedan tapar las carencias. No hay un Cabañas, un Chucho, un Quiñones. Martin está más cerca del retiro, Dávila parece otra persona, la "Chocopantera" no espanta a nadie. Se fue el Búfalo quien la va a romper en Tigres. No hay un killer