Intro por Slash.
La mañana previa al Clásico me fui a una librería a chismosear qué novedades encontraba. Recorrí los pasillos un buen rato, pero no encontré nada relevante entre los miles de títulos que había por doquier. Sin embargo, en uno sí que me detuve. De hecho, me pregunté si no era un presagio de lo que nos esperaba más tarde en el partido.
El título llevaba por nombre: “Hay quienes eligen la oscuridad“.
Horas más tarde, cuando salió la alineación de las Águilas, me quedó claro que Almada había elegido la oscuridad. Ningún equipo que se precie confiaría en Emilio Lara y “Shocker” Vázquez en un partido de alto voltaje para la defensa central, y menos si la semana anterior se comieron cuatro pirulos de La Máquina.
Los malos presagios se hicieron realidad (actuemos sorprendidos). La zona baja del América volvió a ser tierra de nadie. Esa franja por delante de los centrales y detrás de los contenciones ha sido el talón de Aquiles de las Águilas. Los rivales con potencia de fuego han sabido ganarla y atentar contra Rodolfo Cota una y otra vez. El mazatleco no ha dejado de volar en partidos recientes, intentando resguardar, ya no digamos la portería, sino el honor de las Águilas, que en dos Clásicos han encajado seis tantos (por cinco a favor).
El primer tiempo de América fue olvidable. Tras diez o quince minutos promisorios, cayeron en un pozo que se antojó infinito hasta que el silbante envió a todos a descansar. Entre Veiga y Zendejas, que no anduvieron (ni en labores defensivas), una contención inédita en la que Cervantes otra vez quedó corto y un Isra Reyes todavía sacudido por los partidos recientes en los que ha estado lejos de su mejor versión, América fue un concierto de correteos infructuosos tras la pelota. Los de Milito aprovecharon los obsequios para colocarse adelante por dos y amenazar con clavar el tercero si no se ponían truchas los de amarillo.
La segunda parte pareció copia al carbón de lo que hace Almada: hombre por hombre. Siempre igual. Entraron Chiquito y Perea por Cervantes y Zendejas. Con Perea se empezó a animar la cosa. América recuperó sus dos extremos y no solo uno, con Brian por izquierda.
Con la entrada de Miguel “Colibrí” Borja, el partido entró en una nueva etapa. Almada por fin se animó a abandonar el hombre por hombre y mandó una doble punta con Henry y Borja, renunciando al diez y encargando las bandas a Brian y Perea. Incluso los intercambió de posiciones. Y el partido, de pronto, se volvió otro: más abierto, más vertical y muchísimo más emocionante.





